El lector ruso: Los que se van vs. los que se quedan

anatrrra, en Arbat, diciembre del 2024

Kirill Medvedev*, poeta, editor e integrante de la banda Arkady Kots, dejó Rusia en 2023 y retornó hacia el final del 2024. A pedido de la “Republic Weekly”, él nos explica su sinuoso andar, como luce Moscú después de una ausencia prolongada y que tienen que decir los que se quedaron acerca de los que se van.

Tras un año y medio viviendo en el extranjero por motivos personales (políticos, por supuesto), llevo ya varios meses en Moscú. A pesar de los evidentes riesgos, realmente no deseo marcharme y me aterroriza pensar en todo lo que hay que hacer cuando se vive en el exilio. Estoy dispuesto a hablar en alegorías o incluso a permanecer completamente en silencio, si es necesario, para poder vivir en mi ciudad natal. Aunque, claro, ¿qué podría ser más importante que despertarse por la mañana y puñetear al régimen de Putin en la cara sin andarse con rodeos?

Todo en Moscú es familiar y acogedor. Me son indiferentes los trabajos de renovación de Sobyanin. Las cosas han mejorado en algunas partes, en otras, todo lo contrario. Lugares medio abandonados han emergido súbitamente, incluso en barrios caros, como si repentinamente el dinero se hubiera evaporado. Estoy seguro de que eso es lo que ha ocurrido, literalmente.

No veo ningún festín privado en medio de la plaga, pero creo que aún no doy con los lugares indicados. Toda Moscú se ha vuelto desolada y salvaje. Cuando la capital finalmente se mude a Siberia, la Moscú que conozco y amo se verá aún mejor. Pero, por ahora, es lo que es: un disparatado patchwork al caótico estilo euroasiático que absorbe millones de tonos ostentosos y pobres del país entero y de alrededor, mientras nos tienta con nuevas revoluciones en alguna de sus plazas y patios traseros.

Toda Rusia puede encontrarse en Moscú, y aún así, como todos saben, Moscú no es toda Rusia. Debido a esta rareza, los moscovitas pueden amar a todo el país más fácilmente que cualquier otro, aunque este país sea imaginario e insondable, hecho a partir de retazos. “Estoy de pie como frente a un acertijo eterno, / ante una gran y fabulosa tierra”, cantaba un famoso moscovita. Repito una línea de otro poeta acerca de otra ciudad y pienso que amar la ciudad capital y el país es un privilegio enorme, complicado. “Que no sea mi suerte / morir tan lejos de ti”.

Los hábitos de comunicación pública en línea han cambiado mucho por los riesgos que implican. Ahora ya no parece que tu evento no hubiese existido si no tiene publicaciones en internet, ni si dejaste de publicar fotos tuyas con un alegre grupo de asistentes.

Ahora hay (más) canales de comunicación personales con comunidades y más boca a boca. La gente reacciona de forma más reservada en público y más emocional entre amigos. Discúlpenme por ser sentimental pero nada se compara a los abrazos reales de amigos y familia en una ciudad llena de recuerdos, tuyos y de otros.

Por supuesto, hay muchos nuevos problemas y prefiero lidiar con algún tipo de adicción al internet que con la pesadilla a la que todos nos enfrentamos ahora. Aún así, existe la idea de que la guerra se ha hecho camino en la degradación de todas las formas de vivir en Rusia. Esto no es cierto. Los seres humanos son criaturas muy creativas e ingeniosas. Los golpes violentos no acaban con la vida, sino que la impulsan a nuevas formas. Un detalle: ninguna forma de vivir y crear puede justificar el asesinato en masa de gente que no volverá a despertar. Comunidades culturales, activistas, educaciones y otras que persisten y cambian, a pesar de la semi clandestinidad, a pesar del costo del riesgo o compromiso, incrementan nuestras posibilidades de transicionar a una forma diferente de vivir en nuestro país en el futuro. Mientras más aliados tengamos en casa ahora, más posibilidades de que estén en el lugar correcto, a la hora correcta, esto si los primeros vuelos en los que nuestros amigos han sido expulsados del país se demoran un poco.

Es evidente la ironía o irritación contra quienes han salido (de Rusia) por una u otra razón entre quienes se han quedado, a excepción de los que planean partir. Una de las quejas usuales es “ellos se fueron para vivir tranquilos e hicieron bien, pero no deberían hacerlo pasar por un acto político”.

Es cierto, aunque con muchos peros. Por supuesto, bravo por los activistas que han ayudado a muchos a emigrar y adaptarse a vivir en el extranjero. Bravo por los periodistas que se han mudado a lugares relativamente seguros desde donde pueden continuar con sus obligaciones profesionales para con sus conciudadanos. Noticias regulares, aunque serias, mostradas con respeto a la audiencia y a ellos mismos, sin brutalidad innecesaria (“para poder compartirlas con la abuela”) son desesperadamente indispensables, casi todos coinciden en esto. Pero el pesimismo y animosidad contra la vida en el país por parte de los ciudadanos emigrados está completamente fuera de lugar. Claramente, los exilios autoterapéuticos, a la vieja usanza, deben tratarse de forma privada. 

Mientras la demanda por información alternativa es grande (también muchos en la URSS escuchaban La voz de América, sin ser necesariamente antisoviéticos), se puede notar el escepticismo o falta de interés en los emigrados políticos. ¿Por qué? Al parecer son muchos los ejemplos en los que, a su regreso, son los emigrados políticos quienes se involucran en grandes transformaciones e incluso las lideran. Escapar de una prisión rusa, huir al extranjero, brindar por el éxito de la aventura con camaradas en Génova mientras se discuten futuras estrategias en atmósferas relajadas y retornar para trabajar clandestinamente, era la trayectoria típica de los demócratas radicales rusos de principios del siglo veinte. 

Los tiempos han cambiado desde entonces, aún cuando muchos viajan de ida y vuelta. Podemos dialogar largamente acerca de las dificultades de la emigración con quienes se quedaron en Rusia, ellos estarán de acuerdo y simpatizarán con nosotros, especialmente si estuvimos en riesgo aquí, en casa. Pero la mayoría aún ve en alguien que se muda al exterior una mejora de su vida privada.

Renunciar a tu vida pasada es, automáticamente, como renunciar a tu comunidad del pasado. La propaganda, por supuesto, hace su mejor esfuerzo para inflamar el resentimiento, pero no es sólo la propaganda. La emigración es una experiencia de constante autonegación. Especialmente ahora, cuando a los emigrados rusos se les recuerda (gentilmente y no tan gentilmente) que deben cancelarse a ellos mismos en términos de su ciudadanía, pasado, lenguaje, identidad e incluso su bandera. Es más, el reanimado discurso ético religioso de la guerra fría, con su confrontación entre el bien y el mal a escala global, ha jugado un rol considerable en todo esto.

El campo en el que debería tomar lugar el diálogo entre los que se van y los que se quedan, así como entre los opositores moderados y los leales dubitativos, ha sido arrasado por moralizadores de proverbiales abrigos blancos y patriotas rabiosos. Ellos son quienes dividen y conquistan.

Quienes se van generalmente argumentan en términos de libertad negativa –libertad de la censura, de la represión política, de la movilización militar, de financiar indirectamente la guerra y a quienes la defienden. Quienes se quedan lo hacen porque no encuentran cómo superarse en el extranjero, al menos no sin un esfuerzo sobrehumano y el convencimiento de que les atemoriza más la amenaza del arresto o la autocensura. Estos generalmente hablan de deberes, hacia sus parientes mayores, estudiantes, pacientes, votantes, prisioneros políticos, las tumbas de sus familiares, hacia la patria, etc. Y muchas veces obtienen como réplica que es inmoral ser parte de la vida normalizada de la Rusia actual. El conflicto ético es evidente.

Me imagino a los Pokrovas y a los Ordynkas pensando de dónde sacarán dinero para pagar las cuentas y las deudas. Hay afiches en los que se llama a los hombres a enlistarse en el ejército. De alguna forma, no me siento más respetable que quienes matan por dinero. Definitivamente no lo haría, pero esto no es motivo para elevar mi autoestima. Pienso en algún viejo camarada, perecido en la “operación militar especial”. Sus deudas, su bajo nivel social y su resentimiento izquierdista antioccidental convertidos en enajenación imperialista. Me siento en un café, pienso en mis planes. La gente a mi alrededor habla de diversas cosas mientras los habitantes de un país vecino son bombardeados en nuestro nombre.

Soy bueno alejando lo desagradable. Todos lo somos.

Al estar aquí y disolverme en esta vida, es difícil sentirse como un miembro de un comité de ética. Es sencillo darse cuenta que todos somos básicamente iguales, que no hay diferencias insuperables entre nosotros. Todas nuestras acciones (ya sean ordinarias, vergonzosas o magnificentes), toda la pasividad de las masas, todas las revueltas de las naciones, son manifestaciones del mismo principio humano en diferentes circunstancias históricas. La forma en que mi propia humanidad se manifiesta en ellas es de lo más interesante de observar. Vale, eso ya ha quedado claro.

No, por supuesto, hay una gran diferencia entre la oposición a la crueldad, la no participación pasiva, y la complicidad. Los propagandistas putinistas han estado desvaneciendo la distinción entre estas para despolitizar y degradar moralmente a la sociedad. Sabemos eso y no nos pueden engañar. Tanto en entornos seculares y cristianos, una persona siempre tiene una elección y una responsabilidad que deviene de esta. No debemos ver al individuo como una reticente víctima de la carencia y la propaganda. También es verdad que, aún si creemos haber tomado la elección moralmente supercorrecta definitiva y juzgamos incesantemente a nuestro vecino o creemos que está hecho de algo diferente, o caemos en la tentación de culparle de complicidad colectiva sin un juicio, sería hacer lo mismo que hacen varios líderes espirituales y políticos en nuestro país.

La maldad política no se combate con la virtud personal, ni mucho menos con el postureo moralista, sino con la ética política o cívica. En ese sentido, nuestro país tiene un gran problema.

Todos los debates entre los que se van y los que se quedan, entre los lema “paz ya” y “guerra hasta que caiga la dictadura”, sobre si Navalni debió o no retornar a Rusia, giran alrededor de una pregunta sin respuesta: ¿qué es aquello por lo que estamos dispuestos a arriesgar nuestras vidas privadas, nuestros ideales colectivos?

Ciertamente, no tengo una respuesta clara. Rusia ha dejado atrás los heroicos tiempos del liberalismo y el socialismo, cuando la gente creía que el heroísmo cívico no era una debilidad mental o una temeridad, sino un deliberado y maduro paso hacia un futuro mejor. El deseo del pueblo de tomar las calles contra la guerra y la dictadura es imposible sin la convicción de que se está en el lado correcto de la historia, de que estamos en un movimiento que coincide y trasciende nuestro interés privado.

Los bolcheviques creyeron en el arribo inevitable del comunismo a escala global y fueron capaces de convencer a muchos de que esto pasaría, lo que les significó la victoria. En 1991, los rusos creían que al defender la Casa blanca (rusa) y enfrentarse a los tanques de los conspiradores golpistas, encaminaban a Rusia por el camino del progreso, por el que todas las naciones democráticas estaban transitando. Querrámoslo o no, Rusia no está lista para seguir ningún camino conocido. Es más, ya no hay camino alguno: el camino ha de ser empedrado desde cero (estoy contando con esto).

Hoy, vemos una tenue luz de esperanza en el republicanismo y su concepción de que el espíritu comunitario no es un premio consuelo para gente sin realizamiento profesional ni felicidad personal. Este no se puede reducir a una virtud profesional o personal y no es una profesión en sí misma.

Cualquiera que se atreva a unirse a otros para oponerse a la tiranía y trabaje cada día para prevenir que esta se repita, es capaz de demostrar valor cívico. Y mientras más brillante, resuelto y constructivo sea alguien en su compromiso con su trabajo, mientras más use su potencial profesional, creativo o de otro tipo, mayor será su autoridad en su comunidad y mayor será la posibilidad de que quede en la memoria comunitaria. Esto suena bien como motivación pero si la ética republicana es posible, entonces es realizable en campañas en pequeños y medianos espacios alrededor de edificios residenciales, patios, vecindarios y (la mayoría de) ciudades, donde es posible encontrar analogías con las antiguas plazas griegas en las que la gente sostenía reuniones.

Una comunidad nacional es imaginaria, sin importar cómo la pensemos, se basa en una vaga situación histórica y en la memoria colectiva. Si no queremos que esta sea la memoria de como “todos nos temían”, debería entonces ser la memoria de como sobrevivimos y resistimos juntos –secreta y explícitamente, pasiva y activamente– la exterminación de otros y nuestra propia exterminación, de como construimos lazos, nos comprometimos con la “cultura”, educamos a los niños, apoyamos a los prisioneros políticos y ayudamos a las víctimas de los bombardeos y a quienes se quedaron sin hogar.

Esta es la base de la comunidad, una base alimentada no por la superioridad moral, ni por la negación de uno mismo y sus raíces, ni por marcar diferencias. Se nutre, en cambio, de la responsabilidad de la gente que está o ha estado con nosotros en las mismas plazas y en las mismas filas, de la gente que camina las mismas calles, de quienes fueron a las mismas escuelas, de quienes comparten las mismas esperanzas por el futuro.

Si estamos de acuerdo en esto, entonces tiene sentido tomar el riesgo y poner nuestro corazón en algo, juntos.

* Medvedev ha sido incluido en el registro de “agentes extranjeros” del ministerio de justicia ruso.

Fuente: Kirill Medvedev, “I Returned to Moscow from Exile and I Don’t Want to Leave,” Republic, 5 January 2024. Traducción al español por Hugo Palomino para The Russian Reader.

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