El lector ruso: El asalto a Grozni treinta años después

Una refugiada chechena frente al edificio destruido en donde se encontraba su apartamento, en el centro de Grozni, 17 de febrero de 1995. Foto: Reuters (via Julia Jazagaeva)

En el trigésimo aniversario del asalto a Grozni, los medios liberales rusos recuerdan a la audiencia rusófona que la guerra chechena ocurrió alguna vez. En cuanto veo ese titular en algún video, ni siquiera pienso en hacerle clic, simplemente lo ignoro. Un par de sumarios  son suficiente para convencerme de que esa gente no ha entendido nada, aún después de tres décadas. Incluso con tres años de la reciente, absolutamente desleal guerra imperialista en Ucrania, los obvios acontecimientos de lo que Chechenia significa para Rusia no han sido tan obvios para ellos.

Casi cualquier ruso decente podría decirnos, por supuesto, que bombardear ciudades atestadas de civiles fue incorrecto y sucio. Que llevar a cabo “operaciones de limpieza” en poblados y enterrar a las víctimas en fosas comunes fue también terrible. Mas, con seguridad, exclamarán “¡pero…!”. Nos hablarán de delincuentes chechenos, de cartas de crédito falsificadas y del intransigente Dudáyev. Sí, fue un error  destruir un tercio de la población chechena, se lamentará el ruso especulativo, pero, agregará, los chechenos eran manzanas podridas y tuvieron lo que se merecían.

Si, alguna vez, observamos un filme (documental) ruso que repase los hechos ocurridos en Chechenia hace treinta años, advertiremos que es acerca de los tipos que se enlistaron y que el año nuevo de 1994 fueron lanzados al epicentro del infierno. Sin entrenamiento adecuado para disparar o conducir tanques, esos fueron los desafortunados hijos de la madre patria: que su memoria viva para siempre. Este recurso artístico es usado, por ejemplo, en el proyecto asociado a Maxim KatzMinuto a minuto”. Los canales (de Youtube) Tiempo actual (Current Time) y Política popular (Popular Politics) han repetido esa fórmula de “la guerra chechena”.

Minuto a minuto, “La víspera del año nuevo del asalto a Grozni: una reconstrucción minuto a minuto” (31 de diciembre del 2024).

Semánticamente, la construcción “guerra chechena” opera de la misma forma que la invención de “El prisionero del Cáucaso”. Al esconder al agresor, se nos sugiere que nos enfoquemos en el agredido, como si este fuese la causa de la agresión. En esta artimaña lógica, Chechenia parece haberse incendiado a sí misma, que fueron sus habitantes quienes estúpidamente se bombardearon entre ellos. Que no fue Rusia la que invadió el Cáucaso, sino que fue el Cáucaso, el que por algún motivo, retuvo soldados rusos como prisioneros. No es sin motivo, que cuando alguien dice “tal persona fue asesinada en Chechenia”, es el lugar el que parece ser el malhechor. Quien  escuche eso no tiene motivo para preguntarse qué hacía ese soldado armado  en una tierra foránea. Es como si Chechenia hubiera aparecido en Samara y hubiese asesinado a un inocente conductor de tanques. 

Cuando pensamos, escribimos y decimos “guerra chechena”, automáticamente la interpretamos desde el punto de vista del colonizador y agresor. Aceptamos la interpretación impuesta por Moscú, que insiste que Chechenia es parte de Rusia, en lugar de un estado soberano al que atacó. Si Rusia no es nombrada en la nómina de este evento histórico, Chechenia es identificada como parte indiscutible del imperio y el conflicto se compara con el levantamiento de noviembre o la rebelión de Tambov.

Lo cierto es que fue la guerra ruso-chechena la que comenzó el 11 de diciembre de 1994. La guerra merece ser identificada como tal, tanto en términos de la naturaleza de las hostilidades, como por el estatus de las partes en conflicto, porque en el momento en que la República Chechena de Ichkeria fue invadida por las tropas rusas, se había declarado legalmente independiente por voto popular en una declaración de independencia hacía ya tres años, separándose de la URSS y bajo el mismo principio, de la RSFS. Los chechenos NO habían sido parte de la, entonces recientemente creada, Federación Rusa, ni tan solo por un día.

El periodista independiente Vadym Zaydman ha escrito más y mejor que nadie al respecto. No hay necesidad de parafrasearle cuando, en cambio, puedo citarle:

“Al momento del colapso/muerte de la URSS, Chechenia no tenía ningún vínculo legal ni con el difunto imperio soviético ni con la RSFS. En ese momento la RASS (República autónoma de la Unión soviética) de Chechenia Ingusetia llevaba existiendo como República de la Unión más de un año. Es más, por definición no podía ser parte de la Federación Rusa, como se proclamó el 25 de diciembre de 1991. Cuando la Federación Rusa nació, Chechenia no era parte de esta.

Ni siquiera Rusia consideraba a Chechenia como parte de Rusia durante ese período. El 31 de marzo de 1992, se incorporó el tratado de la Federación a la constitución rusa. Este hecho cambió el estatus de las repúblicas autónomas a repúblicas soberanas dentro de la Federación Rusa.

Fue solo a raíz de los conocidos eventos de octubre de 1993, cuando Yeltsin adoptó la nueva constitución rusa, que él, unilateralmente, incorporó a Chechenia en la Federación. De hecho, Yeltsin cometió un fraude como el que las autoridades rusas habían cometido cuando, tras el colapso de la Unión soviética, declararon a Rusia miembro del consejo de seguridad de la ONU como sucesor legal de la URSS, aún cuando Rusia no era ni siquiera miembro base de la ONU. Ucrania y Belarusia eran ya miembros de la ONU, pero Rusia, alias  la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, ¡no lo era! Al incorporar a Chechenia, un año después, Rusia inició el establecimiento del “orden constitucional” en Chechenia como en su propio feudo. Ingenioso ¿verdad?”

Fin de la cita.

El término “guerra chechena” es, como la expresión “guerra de Ucrania”, ilegítimo e inaceptable. Los ucranianos no admitirían  este término y el mundo civilizado no debería hacerlo tampoco. Para todos, la guerra actual es la guerra ruso-ucraniana. Lo mismo deberíamos hacer al describir la guerra en Chechenia: es la guerra ruso-chechena.

Muchos rusos obviamente preferirían que esto quedara en la historia de una forma más modesta, idealmente no como una guerra sino como una “operación militar especial” o una “operación contraterrorista”, porque fueron fuerzas de seguridad, no gente común, los responsables de tales operaciones. “OME” y “OCT” parecen términos triviales y restringidos, como una “alerta amarilla” de la policía, no produce temor ni culpa colectiva ni responsabilidad. Más importante, si se hace una correlación con estos términos putinistas, las sanciones occidentales serían consideradas como un castigo injustificado y desmedido, ya que hacen “sufrir a la gente común y corriente”. 

¿Por qué, entonces, diferentes instituciones, putinistas y anti putinistas, se han pasado los últimos tres años sin descanso, evaluando la opinión pública para saber si los rusos apoyan la guerra? Sí, es simple: por las sanciones, y por la  ligeramente empañada imagen de Rusia a ojos de la comunidad internacional. Si se muestran  esas encuestas relevantes a Occidente con frecuencia y se le recuerda que “las encuestas públicas no funcionan en una sociedad totalitaria”, se hará eco de ese mantra por encanto la milésima vez. Sería entonces mucho más sencillo para los oficiales de Bruselas explicarse a ellos mismos y al electorado por qué levantar tales restricciones: porque oprimen a una sociedad civil que ya está de por sí oprimida, que no desea la guerra de ninguna forma, pero que fue forzada a ella por Putin. 

Mientras tanto, para responder a la pregunta acerca de la cantidad de la población rusa que comparte la mentalidad imperial de sus líderes, es suficiente tomar el caso de la guerra ruso-chechena. Desde un punto de vista sociológico, este es un experimento científicamente transparente. En 1994 (como en 1999, cuando la segunda fase de la guerra comenzó) no había totalitarismo en Rusia. No hubo sanciones occidentales y no hubo emigrados rusos criticando al régimen desde el extranjero. El presidente norteamericano Bill Clinton expresó su “preocupación” cuando se enteró del asesinato de civiles en Chechenia. Francia apoyó el establecimiento del orden constitucional en el territorio propio de Rusia. Todos pensaron que el nuevo zar ruso, Yeltsin, era mejor que cualquier comunista, aún si combatía como uno.

Disfrutando del apoyo total de la comunidad internacional, Rusia arrasó Grozni hasta sus cimientos, y con ellos, a los remanentes de su población civil en la víspera del año nuevo de 1994. Esto no ocasionó lamento alguno en la sociedad rusa. La primera protesta ocurrida en Moscú tomó lugar el 10 de enero de 1995, organizada por Yegor Gaidar: fue una actividad partidaria con escasa asistencia. No fue sino hasta el 2001, esto es, cinco años más tarde que se dieron protestas civiles importantes contra la guerra en Chechenia (Mi camarada, Antti Rautiainen, quien, cuando las cosas quemaban en esos años, fue coorganizador de la primera protesta callejera contra la guerra, en Moscú en noviembre de 1999,  me señaló –en un comentario a Jazagaeva, originalmente en ruso– que la manifestación más grande, en Moscú, contra la guerra en Chechenia, tomó lugar en enero del 2000, no el 2001 – TRR). Como fuera, incluso entonces, de acuerdo a Radio Svoboda (Libertad), en entrevistas a transeúntes, “los moscovitas no tenían ningún apuro en unirse a las protestas: todos estaban ocupados con sus propios asuntos”. 

Las manifestaciones durante la primera fase de la guerra ruso-chechena fueron aisladas y, bien podría decirse, de carácter personal. Desde los primeros días de la invasión, el disidente soviético y activista ruso de derechos humanos, Serguei Kovaliov, se trasladó a Grozni. Intentó impedir el bombardeo de la ciudad. En marzo de 1995 fue removido de su cargo de comisionado de derechos humanos por apoyar al lado “incorrecto”. La presentadora de televisión Svetlana Sorokina se tomó, al aire, la libertad de remarcar, consternada, tras una pausa comercial, que “ningún detergente podría lavar la conciencia de los generales rusos”. La Chechenia independiente y sus presidentes electos legalmente, Dzhojar Dudáyev y Aslán Masjádov, recibieron, consecuentemente, el apoyo de Valeria Novodvórskaya. Boris Nemtsov intentó detener la guerra haciendo circular una petición (que, supuestamente, fue firmada por un millón de rusos – TRR). Pero no hubo quejas de las masas populares en Rusia, más allá de las campañas lideradas por las madres de los conscriptos, ni en la primera fase de la guerra ni mucho menos en la segunda.

El sociólogo Yuri Levada describió así, el 2001, la actitud hacia la guerra en Chechenia: “El sentimiento contra la guerra es fuerte (en Rusia), pero desafortunadamente no podemos sobreestimar su relevancia. Lo cierto es que mucha gente cree que las acciones cruciales, con gran pérdida de vidas humanas, son, quizás, las más exitosas. La desaprobación de la guerra no excluye, por ejemplo, la aprobación de medidas salvajes como las “limpiezas” que son realmente difíciles de afrontar para las autoridades en Chechenia y Rusia. Entonces, el deseo de no continuar la guerra es una expresión de la fatiga, no una expresión de una protesta consciente y directa”.

El sociólogo Lev Gudkov describió a los rusos que apoyaban el retorno de Chechenia al seno del imperio, de la siguiente manera: “son los rusos más jóvenes y mejor educados quienes argumentan que los chechenos deben ser aplastados a cualquier costo y que este problema debe solucionarse por la fuerza, que ninguna negociación con Masjádov es posible, que sólo existe una solución, la derrota total y definitiva (de los chechenos). Por otro lado, quienes alegan que es necesario encontrar una salida pacífica como fuese, aún negociando con Masjádov, son personas mayores, con más conocimiento y experiencia, y en este sentido, más tolerantes e inclinadas a reconocer la independencia de Chechenia si con ello la guerra acaba”.

Así que, cuando los rusos liberales, la crema y nata de la sociedad, escribe y habla de la “guerra chechena”, ya sabemos de su actitud hacia el imperio y sus conquistas. Si no hubiese sido por las sanciones ante la invasión de un país europeo, Ucrania, nos sorprendería encontrar lo que los rusos realmente piensan acerca de la guerra. Como cierto caballero que dejó Rusia hace veinte años me dijo en una conversación privada: “todavía siento lástima por nuestros muchachos. Después de todo, los ucranianos han matado más rusos que rusos a ucranianos en esta guerra”.

Fuente: Julia Jazagaeva (Facebook), 4 de enero del 2025. Traducción al español por Hugo Palomino para The Russian Reader.

El lector ruso: El espíritu del año nuevo


“Devuelve el espíritu del año nuevo”: Igor Stomajin, Moscú, 2024

Fiel a su naturaleza vanguardista, el Noise Cabaret estrena, el 25 de diciembre, la serie inmersiva Diálogos, basada en la obra filosófica de Platón. Aleksander Judiakov transforma la antigua filosofía griega en una animada, ingeniosa y provocativa charla con la audiencia. 

Junto a su compañero, Ivan Wahlberg, Judiakov, quien no sólo actúa sino que también dirige el proyecto, guiará a la audiencia a través del laberíntico  pensamiento de Platón: ¿qué es la justicia?, ¿dónde está la línea entre lo existente y lo no existente?, ¿cuál es la naturaleza del amor? Estas y muchas otras fundamentales preguntas filosóficas servirán de punto de partida para reflexionar y debatir. 

Diálogos es una serie de performances interactivas en la que cada espectador toma parte en discusiones filosóficas que consisten en textos de Platón adaptados e improvisados de forma histriónica, lo que significa que el desarrollo de la sesión depende de la participación de la audiencia. Cada nueva performance es un capítulo aparte que trata un problema filosófico específico, de forma que el espectador puede unirse a la serie en cualquier momento. El primer episodio está dedicado al concepto de la justicia.   

El Noise Cabaret planea invitar a celebridades de San Petersburgo para enriquecer la conversación con la audiencia con sus propias opiniones y perspectivas. 

Judiakov ha compartido la idea básica del proyecto:

“Quisimos crear una historia acerca de gente que conversa en un bar. Pero, gente que habla sólo entre ellos no es interesante, tiene que haber algo primordial. Cuando estudié a Platón, me interesé en muchos aspectos de su filosofía, sería un error limitarnos a un solo tópico. Así nació la idea de crear una serie: tomar a Platón, leerle y discutir los temas que él refiere en los diálogos socráticos. 

Planeamos producir una nueva sesión cada dos o tres meses. No pretendemos ser estudiosos serios de la filosofía platónica, sino que esta es más bien una excusa para hablar con el público acerca de temas difíciles, exponer los Diálogos y reflexionar acerca de estos. Y un bar es un lugar donde podemos hablar de todo tipo de cosas, incluso de filosofía”.

Fuente: Fontanka.ru, 23 de diciembre del 2024. Traducción original The Russian Reader. Traducción al español por Hugo Palomino.


Los rusos han gastado casi 6 000 millones de rublos en Ozempic genéricos el 2024

Los medicamentos basados en semaglutida se usan habitualmente para perder peso. 

En los primeros diez meses del 2024, los rusos gastaron 5,9 000 millones de rublos (aproximadamente 52 000 millones de euros) en más de un millón de envases de versiones genéricas del medicamento Ozempic (semaglutido), de acuerdo al DSM Group, según un reporte de Vedomosti.

Entre los genéricos más populares se encuentran el Semavic de Geropharm y el Quincenta de Promomed. El Ozempic original dejó de exportarse a Rusia en diciembre del 2023, abriendo el mercado a otros equivalentes locales. 

2024 ha sido un año récord para medicamentos en esta categoría. En comparación, el 2023 los rusos gastaron sólo 297 millones de rublos en Ozempic al adquirir 20 mil dosis. El 2022 gastaron 1,9 mil millones de rublos (en 256 mil dosis); el 2021, 758 millones de rublos; y el 2020, 76 millones de rublos.

Los medicamentos basados en la semaglutida son usados en el tratamiento de diabetes, pero recientemente han ganado popularidad como fármacos  adelgazantes, lo que ha contribuido a su crecimiento de ventas en Rusia.  

Fuente: ASTV.ru, 21 de diciembre del 2024. Traducción original The Russian Reader. Traducción al español por Hugo Palomino.


La ciudad de San Petersburgo inaugurará una nueva estación de metro esta semana. Así lo anunció, el jueves, el gobernador Alexander Beglov, en la que será la primera estación de metro en abrir en cinco años.

La estación Gorny Institute de la isla Vasílievski, extenderá la cuarta línea (naranja) hacia el oeste. Esta comenzará a operar el viernes (27 de diciembre) a las 9 de la mañana, cuando su vestíbulo se abra tanto al ingreso como a la salida, dijo Beglov.

“La apertura de la estación Gorny Institute es un hito”, escribió el gobernador en Telegram, haciendo notar que la ciudad ha superado “retos importantes” durante la construcción de la misma.

Beglov agradeció al presidente Vladimir Putin, a los constructores del metro, a ingenieros y residentes de San Petersburgo por su paciencia y apoyo, calificando la finalización de la estación el “primer resultado” de los constantes esfuerzos para mejorar el sistema de metro urbano.

La inauguración de la estación se produce tras años de retrasos. Inicialmente programada para el 2015, su apertura se pospuso primero al 2018 y luego al 2022. El trabajo de construcción fue empañado por la fatal caída de un andamio en junio del 2020, incidente en el que falleció un trabajador y otro resultó herido.   

Gorny Institute es la primera estación en abrir desde el 2019, cuando otras tres estaciones, Prospect Slavy, Dunayskaya y Shushary fueron inauguradas.

El metro de San Petersburgo está compuesto en la actualidad por cinco líneas y 72 estaciones. Sin embargo, su expansión se ha ralentizado con el tiempo, en claro contraste con el pujante sistema de metro de Moscú, que este último año inauguró ocho nuevas estaciones.  

Fuente: Moscow Times, 26 de diciembre del 2024. Traducción al español por Hugo Palomino para The Russian Reader.


Al tratar de comprender la tonalidad del film (Anora), se me viene a la memoria una frase de Francis Bacon: “Uno puede ser optimista y no tener esperanza alguna”. La situación en la que los protagonistas se ven envueltos, a merced de los ricos, es totalmente desesperanzadora. La versión optimista del guión mostraría a un Vanya que encararía a sus padres para huir con Ani, aún cuando así perdiera su fortuna –lo que constituye la trampa de la película. O quizás, la madre despiadada y capitalista podría sentir respeto a regañadientes por su tenaz nuera, como ocurrió en la última temporada de Fargo. Aún con su siniestro  desenlace, la impresión que deja la película  se aleja de lo penoso o pesimista. El optimismo desesperanzado del cine de Baker se sostiene en lo extraordinario de la vida que parece escapar de la pantalla y, especialmente, su cuidado por los personajes, incluso Vanya.  

Fuente: Aaron Schuster, “The Ethical Dignity of Anora,” e-flux Notes, 20 de noviembre del 2024. Traducción al español por Hugo Palomino para The Russian Reader.


Durante el otoño del 2023, con el objeto de entender qué ocurre con la sociedad rusa en tiempos de guerra, el equipo del Laboratorio Sociológico Público (Public Sociology Laboratory en inglés) realizó una serie de viajes de investigación etnográfica a tres regiones rusas: Sverdlovsk, Krasnodar y Buriatia. En el transcurso de un mes los investigadores del Laboratorio observaron cómo la gente aborda el tema de la guerra y sus efectos en la vida diaria de pueblos y ciudades. Grabaron también  entrevistas sociológicas con residentes locales. El Laboratorio ha compilado tres detallados diarios de observación (de más de 100 mil palabras cada uno) y ha conducido 75 entrevistas exhaustivas. Más importante aún, ha recolectado datos realmente invaluables que proporcionan una idea de lo que dice y piensa la gente acerca de la guerra en su vida cotidiana, más allá de sus respuestas a las interrogantes de los investigadores.  

El texto completo del reporte es de la envergadura de un libro, escrito también como uno: en siete capítulos se introducen  muchos personajes, permitiendo así a los lectores sumergirse por completo en los tiempos de la guerra contemporánea en Rusia. El siguiente sumario destaca las principales conclusiones del análisis.

●      La sociedad rusa permanece políticamente desmovilizada y sin ideología. Aún cuando predomina la opinión de que es una sociedad estrictamente militarizada, vemos que la guerra se ha convertido en una rutina y por ende en una parte ignorada de la realidad. Por ejemplo, comparado con el primer año del conflicto, la cantidad de simbología a favor de la guerra en espacios públicos ha disminuido en las tres regiones. La guerra no se ha convertido ni en fuente de nuevas ideas en la vida cultural de pueblos y ciudades ni se ha integrado en el ámbito familiar o en el ámbito cultural establecido. La guerra no se discute en espacios públicos, incluso, salvo raras excepciones, en comunidades locales en línea.    

●      En conversaciones espontáneas, los rusos raramente discuten los objetivos generales, causas, criminalidad o justificaciones de la guerra. Están más preocupados por el impacto del conflicto en sus vidas cotidianas. Cuando hablan acerca de la guerra, usualmente vuelven sobre tópicos que ya discutían antes de la conflagración, por ejemplo, problemas cotidianos, dinero o ética. Los hombres discuten más a menudo temas que son considerados “masculinos” en la sociedad, como aspectos técnicos de la guerra; mientras las mujeres se dedican a temas más “femeninos” como el efecto destructor del conflicto en las familias.

●      La participación de diversos tipos de voluntariado a favor de la guerra y asistencia organizada a la milicia, que generalmente es tomada como referencia y ejemplo de la movilización y militarización de la sociedad rusa, raramente está  motivada por un firme aval del público a la “operación especial”. Está, más bien, asociada con la presión de la administración, las normas morales de la comunidad (sobre el apoyo mutuo) y/o por el deseo de ayudar a sus seres queridos, en lugar del deseo de propiciar una victoria rusa. La observación de actividades de voluntarios muestra que estos no discuten de guerra o política en el trabajo, sino que prefieren temas  con los que pueden relacionarse personalmente: precios, pensiones, familias y/o historias vinculadas a centros voluntarios. 

●      A pesar de todas las similitudes, la guerra es percibida de forma diferente en diferentes regiones. Las peculiaridades de la perspectiva  de cada región se debe a factores como el número de unidades militares y colonias penitenciarias desde donde se reclutan presos, la proximidad a la zona de combate, la prosperidad de la región y el acceso a puestos de trabajo decentes, la compenetración de los lazos sociales, la circulación de noticias que llegan de amistades en el frente de batalla, etc. En otras palabras, las diferencias en las percepciones de la guerra pueden atribuirse principalmente a las peculiaridades de la vida en las regiones previas a la invasión rusa de Ucrania.

●      El conflicto entre opositores y simpatizantes de la guerra está perdiendo fuerza gradualmente, mientras el cisma entre aquellos que permanecen en Rusia y quienes se marcharon crece. Ambos casos se dan porque la experiencia compartida de vivir a través de una situación difícil dentro del país se está convirtiendo en algo más importante que cualquier diferencia de puntos de vista para muchos rusos y también porque la gente discute cada vez menos acerca de la guerra.

●      Al mismo tiempo, el menguante conflicto entre opositores y simpatizantes de la guerra no siempre implica una mayor cohesión social. Ya que la sociedad está intentando vivir como si la guerra no estuviera ocurriendo y el gobierno no menciona ninguna pérdida o problema relacionado con la guerra, todas las consecuencias negativas del conflicto se han normalizado o han sido apartados al ámbito de los “problemas personales” que no son discutidos con otros y que todos deben lidiar por sí mismos.

●      En general, muchos no se sienten capaces de influir en las decisiones políticas. Por consiguiente, se distancian cada vez más de la guerra. Ellos entienden que no pueden cambiar la política del gobierno pero retienen, al menos, algún control sobre sus vidas privadas, por lo que se refugian en estas. Con el tiempo, no solo los rusos apolíticos sino incluso opositores declarados de la invasión  sienten esta impotencia y, como resultado, algunos de ellos aceptan la nueva realidad, mientras siguen condenando la guerra para sus adentros.  

●      Consecuentemente, muchos rusos desconfían cada vez más de noticias políticas provenientes de un rango diverso de fuentes. En cambio ponen su confianza en medios locales. Los problemas locales en las noticias les parecen más importantes y relevantes. Más aún, sienten que, a diferencia de la guerra, al menos tienen la capacidad de influenciar en asuntos locales. 

●      Al mismo tiempo, la guerra está influyendo en el estado emocional de la gente. Muchos de nuestros interlocutores admiten haber experimentado ansiedad, tensión, incertidumbre, miedo incluso cuando no hablan de estas emociones  abiertamente. La partida de hijos y maridos a la guerra hace que las mujeres “griten a todo pulmón”. Sin embargo, raramente comparten estos sentimientos con otros y si lo hacen es en círculos de amistades cercanas. 

●      Muchos rusos sin interés en la política pueden justificar o condenar la guerra dependiendo del contexto comunicativo.

  1. Tienden a justificar la guerra de forma no emocional a través de la normalización (“siempre ha habido guerras”) o la racionalización (“era necesario”) cuando se les pregunta directamente en contextos formales como en las entrevistas de investigación.
  2. Tienden más a criticar la guerra cuando se les sugiere pensar en los efectos negativos de esta sobre la gente ordinaria. Este criticismo difiere del de los opositores al conflicto. Para los opositores, la guerra es un crimen moral contra Ucrania, mientras que para los rusos apolíticos, la guerra es vista como algo que destruye la sociedad rusa y daña a la gente común. Sin embargo, este criticismo no lleva a los rusos apolíticos a cuestionarse la necesidad o inevitabilidad de la guerra ni a extender sus críticas hacia el gobierno.
  3. Tienden a justificar la guerra emocionalmente cuando son confrontados con narrativas tradicionales contrarias al conflicto. Cuando Rusia es acusada de cometer crímenes morales contra la gente de Ucrania, suelen tomar tales acusaciones de manera  personal e intentan defender su propia dignidad.

Algunos experimentan un fortalecimiento del sentimiento de identidad nacional y, a veces, esto incrementa la demanda de una mayor solidaridad. Es importante dejar constancia que este incremento de la identidad nacional no guía a los rusos a adoptar el signo imperial del nacionalismo. A diferencia del Kremlin, la gente común y corriente vive en un mundo de estados-nación, no en un mundo de fantasías imperiales (según estas fantasías, Ucrania no es un estado real y los ucranianos son gente inferior). 

Una sensación de duda es lo que realmente une a los rusos hoy en día. A pesar de que la gente usa diferentes estrategias para hacer frente a esa sensación, esta complica significativamente la habilidad de planificar sus vidas y hunde a los rusos en el pesimismo.

Así, por una parte, lo que antes era la  naturaleza singular de la guerra, está dando paso a la normalización: gradualmente la guerra se está convirtiendo en algo ordinario, un elemento más del mundo que les rodea. De alguna manera, muchos rusos se resisten a los intentos del Kremlin de convertir ciudadanos ordinarios en partidarios ideológicos y a los intentos de la oposición liberal, que se manifiesta contra la guerra, de forzar a la sociedad a experimentar un sentimiento de culpa y participación activa. Por otra parte, la guerra constantemente nos recuerda su presencia al crear nuevas amenazas, nuevas ansiedades y nuevas razones para tener a los rusos descontentos.

Fuente: Public Sociology Laboratory (Programa ruso), diciembre del 2024. Traducción al español por Hugo Palomino para The Russian Reader.


¡Queridos lectores!

Estos tiempos son difíciles, la clave en este caso es persistir en todo sentido.

Nadie dijo que fuese sencillo.

Pero no es tan duro tampoco.

El otro día le pregunté a Vladimir Putin si él esperaba algo más de sí mismo en el año que acababa.

Pero quiero preguntarte, lector, ¿esperas algo más de ti mismo el año que viene?

Necesitamos esperar algo. Necesitamos querer algo. Es una forma de aferrarnos a nosotros mismos. De cuidar de nosotros mismos. Incluso de encontrarnos a nosotros mismos.

¡Un signo duro (“Ъ”) nunca será un signo blando (“Ь”)!

¡Feliz nuevo año por llegar!

¡No nos quedemos a la defensiva!  

Andrei Kolesnikov, Corresponsal especial,  Editorial Kommersant.

Fuente: correo electrónico de Kommersant, 31 de diciembre del 2024. Traducción original The Russian Reader. Traducción al español por Hugo Palomino. El llamado signo duro, que los bolcheviques eliminaron del alfabeto cirílico ruso en 1918, ha sido el logotipo de Kommersant desde que el periódico fue relanzado en enero de 1990. Andrei Kolesnikov ha sido el corresponsal especial del medio en el Kremlin, es decir el jefe Putinversteher* del diario, por muchos años. Por supuesto, él lo negará cuando las cosas se pongan difíciles y Putin se marche, y dirá que ha sido siempre la forma cínica y jocosa, aunque siempre leal, en la que ha escrito acerca del dictador ruso y criminal de guerra durante todos estos años.   

* Término derivado del alemán versteher, persona con conocimiento de un tema en particular, usado aquí de forma peyorativa, algo así como un “Putinologo” en el peor sentido de la palabra.