
En el trigésimo aniversario del asalto a Grozni, los medios liberales rusos recuerdan a la audiencia rusófona que la guerra chechena ocurrió alguna vez. En cuanto veo ese titular en algún video, ni siquiera pienso en hacerle clic, simplemente lo ignoro. Un par de sumarios son suficiente para convencerme de que esa gente no ha entendido nada, aún después de tres décadas. Incluso con tres años de la reciente, absolutamente desleal guerra imperialista en Ucrania, los obvios acontecimientos de lo que Chechenia significa para Rusia no han sido tan obvios para ellos.
Casi cualquier ruso decente podría decirnos, por supuesto, que bombardear ciudades atestadas de civiles fue incorrecto y sucio. Que llevar a cabo “operaciones de limpieza” en poblados y enterrar a las víctimas en fosas comunes fue también terrible. Mas, con seguridad, exclamarán “¡pero…!”. Nos hablarán de delincuentes chechenos, de cartas de crédito falsificadas y del intransigente Dudáyev. Sí, fue un error destruir un tercio de la población chechena, se lamentará el ruso especulativo, pero, agregará, los chechenos eran manzanas podridas y tuvieron lo que se merecían.
Si, alguna vez, observamos un filme (documental) ruso que repase los hechos ocurridos en Chechenia hace treinta años, advertiremos que es acerca de los tipos que se enlistaron y que el año nuevo de 1994 fueron lanzados al epicentro del infierno. Sin entrenamiento adecuado para disparar o conducir tanques, esos fueron los desafortunados hijos de la madre patria: que su memoria viva para siempre. Este recurso artístico es usado, por ejemplo, en el proyecto asociado a Maxim Katz “Minuto a minuto”. Los canales (de Youtube) Tiempo actual (Current Time) y Política popular (Popular Politics) han repetido esa fórmula de “la guerra chechena”.
Semánticamente, la construcción “guerra chechena” opera de la misma forma que la invención de “El prisionero del Cáucaso”. Al esconder al agresor, se nos sugiere que nos enfoquemos en el agredido, como si este fuese la causa de la agresión. En esta artimaña lógica, Chechenia parece haberse incendiado a sí misma, que fueron sus habitantes quienes estúpidamente se bombardearon entre ellos. Que no fue Rusia la que invadió el Cáucaso, sino que fue el Cáucaso, el que por algún motivo, retuvo soldados rusos como prisioneros. No es sin motivo, que cuando alguien dice “tal persona fue asesinada en Chechenia”, es el lugar el que parece ser el malhechor. Quien escuche eso no tiene motivo para preguntarse qué hacía ese soldado armado en una tierra foránea. Es como si Chechenia hubiera aparecido en Samara y hubiese asesinado a un inocente conductor de tanques.
Cuando pensamos, escribimos y decimos “guerra chechena”, automáticamente la interpretamos desde el punto de vista del colonizador y agresor. Aceptamos la interpretación impuesta por Moscú, que insiste que Chechenia es parte de Rusia, en lugar de un estado soberano al que atacó. Si Rusia no es nombrada en la nómina de este evento histórico, Chechenia es identificada como parte indiscutible del imperio y el conflicto se compara con el levantamiento de noviembre o la rebelión de Tambov.
Lo cierto es que fue la guerra ruso-chechena la que comenzó el 11 de diciembre de 1994. La guerra merece ser identificada como tal, tanto en términos de la naturaleza de las hostilidades, como por el estatus de las partes en conflicto, porque en el momento en que la República Chechena de Ichkeria fue invadida por las tropas rusas, se había declarado legalmente independiente por voto popular en una declaración de independencia hacía ya tres años, separándose de la URSS y bajo el mismo principio, de la RSFS. Los chechenos NO habían sido parte de la, entonces recientemente creada, Federación Rusa, ni tan solo por un día.
El periodista independiente Vadym Zaydman ha escrito más y mejor que nadie al respecto. No hay necesidad de parafrasearle cuando, en cambio, puedo citarle:
“Al momento del colapso/muerte de la URSS, Chechenia no tenía ningún vínculo legal ni con el difunto imperio soviético ni con la RSFS. En ese momento la RASS (República autónoma de la Unión soviética) de Chechenia Ingusetia llevaba existiendo como República de la Unión más de un año. Es más, por definición no podía ser parte de la Federación Rusa, como se proclamó el 25 de diciembre de 1991. Cuando la Federación Rusa nació, Chechenia no era parte de esta.
Ni siquiera Rusia consideraba a Chechenia como parte de Rusia durante ese período. El 31 de marzo de 1992, se incorporó el tratado de la Federación a la constitución rusa. Este hecho cambió el estatus de las repúblicas autónomas a repúblicas soberanas dentro de la Federación Rusa.
Fue solo a raíz de los conocidos eventos de octubre de 1993, cuando Yeltsin adoptó la nueva constitución rusa, que él, unilateralmente, incorporó a Chechenia en la Federación. De hecho, Yeltsin cometió un fraude como el que las autoridades rusas habían cometido cuando, tras el colapso de la Unión soviética, declararon a Rusia miembro del consejo de seguridad de la ONU como sucesor legal de la URSS, aún cuando Rusia no era ni siquiera miembro base de la ONU. Ucrania y Belarusia eran ya miembros de la ONU, pero Rusia, alias la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, ¡no lo era! Al incorporar a Chechenia, un año después, Rusia inició el establecimiento del “orden constitucional” en Chechenia como en su propio feudo. Ingenioso ¿verdad?”
Fin de la cita.
El término “guerra chechena” es, como la expresión “guerra de Ucrania”, ilegítimo e inaceptable. Los ucranianos no admitirían este término y el mundo civilizado no debería hacerlo tampoco. Para todos, la guerra actual es la guerra ruso-ucraniana. Lo mismo deberíamos hacer al describir la guerra en Chechenia: es la guerra ruso-chechena.
Muchos rusos obviamente preferirían que esto quedara en la historia de una forma más modesta, idealmente no como una guerra sino como una “operación militar especial” o una “operación contraterrorista”, porque fueron fuerzas de seguridad, no gente común, los responsables de tales operaciones. “OME” y “OCT” parecen términos triviales y restringidos, como una “alerta amarilla” de la policía, no produce temor ni culpa colectiva ni responsabilidad. Más importante, si se hace una correlación con estos términos putinistas, las sanciones occidentales serían consideradas como un castigo injustificado y desmedido, ya que hacen “sufrir a la gente común y corriente”.
¿Por qué, entonces, diferentes instituciones, putinistas y anti putinistas, se han pasado los últimos tres años sin descanso, evaluando la opinión pública para saber si los rusos apoyan la guerra? Sí, es simple: por las sanciones, y por la ligeramente empañada imagen de Rusia a ojos de la comunidad internacional. Si se muestran esas encuestas relevantes a Occidente con frecuencia y se le recuerda que “las encuestas públicas no funcionan en una sociedad totalitaria”, se hará eco de ese mantra por encanto la milésima vez. Sería entonces mucho más sencillo para los oficiales de Bruselas explicarse a ellos mismos y al electorado por qué levantar tales restricciones: porque oprimen a una sociedad civil que ya está de por sí oprimida, que no desea la guerra de ninguna forma, pero que fue forzada a ella por Putin.
Mientras tanto, para responder a la pregunta acerca de la cantidad de la población rusa que comparte la mentalidad imperial de sus líderes, es suficiente tomar el caso de la guerra ruso-chechena. Desde un punto de vista sociológico, este es un experimento científicamente transparente. En 1994 (como en 1999, cuando la segunda fase de la guerra comenzó) no había totalitarismo en Rusia. No hubo sanciones occidentales y no hubo emigrados rusos criticando al régimen desde el extranjero. El presidente norteamericano Bill Clinton expresó su “preocupación” cuando se enteró del asesinato de civiles en Chechenia. Francia apoyó el establecimiento del orden constitucional en el territorio propio de Rusia. Todos pensaron que el nuevo zar ruso, Yeltsin, era mejor que cualquier comunista, aún si combatía como uno.
Disfrutando del apoyo total de la comunidad internacional, Rusia arrasó Grozni hasta sus cimientos, y con ellos, a los remanentes de su población civil en la víspera del año nuevo de 1994. Esto no ocasionó lamento alguno en la sociedad rusa. La primera protesta ocurrida en Moscú tomó lugar el 10 de enero de 1995, organizada por Yegor Gaidar: fue una actividad partidaria con escasa asistencia. No fue sino hasta el 2001, esto es, cinco años más tarde que se dieron protestas civiles importantes contra la guerra en Chechenia (Mi camarada, Antti Rautiainen, quien, cuando las cosas quemaban en esos años, fue coorganizador de la primera protesta callejera contra la guerra, en Moscú en noviembre de 1999, me señaló –en un comentario a Jazagaeva, originalmente en ruso– que la manifestación más grande, en Moscú, contra la guerra en Chechenia, tomó lugar en enero del 2000, no el 2001 – TRR). Como fuera, incluso entonces, de acuerdo a Radio Svoboda (Libertad), en entrevistas a transeúntes, “los moscovitas no tenían ningún apuro en unirse a las protestas: todos estaban ocupados con sus propios asuntos”.
Las manifestaciones durante la primera fase de la guerra ruso-chechena fueron aisladas y, bien podría decirse, de carácter personal. Desde los primeros días de la invasión, el disidente soviético y activista ruso de derechos humanos, Serguei Kovaliov, se trasladó a Grozni. Intentó impedir el bombardeo de la ciudad. En marzo de 1995 fue removido de su cargo de comisionado de derechos humanos por apoyar al lado “incorrecto”. La presentadora de televisión Svetlana Sorokina se tomó, al aire, la libertad de remarcar, consternada, tras una pausa comercial, que “ningún detergente podría lavar la conciencia de los generales rusos”. La Chechenia independiente y sus presidentes electos legalmente, Dzhojar Dudáyev y Aslán Masjádov, recibieron, consecuentemente, el apoyo de Valeria Novodvórskaya. Boris Nemtsov intentó detener la guerra haciendo circular una petición (que, supuestamente, fue firmada por un millón de rusos – TRR). Pero no hubo quejas de las masas populares en Rusia, más allá de las campañas lideradas por las madres de los conscriptos, ni en la primera fase de la guerra ni mucho menos en la segunda.
El sociólogo Yuri Levada describió así, el 2001, la actitud hacia la guerra en Chechenia: “El sentimiento contra la guerra es fuerte (en Rusia), pero desafortunadamente no podemos sobreestimar su relevancia. Lo cierto es que mucha gente cree que las acciones cruciales, con gran pérdida de vidas humanas, son, quizás, las más exitosas. La desaprobación de la guerra no excluye, por ejemplo, la aprobación de medidas salvajes como las “limpiezas” que son realmente difíciles de afrontar para las autoridades en Chechenia y Rusia. Entonces, el deseo de no continuar la guerra es una expresión de la fatiga, no una expresión de una protesta consciente y directa”.
El sociólogo Lev Gudkov describió a los rusos que apoyaban el retorno de Chechenia al seno del imperio, de la siguiente manera: “son los rusos más jóvenes y mejor educados quienes argumentan que los chechenos deben ser aplastados a cualquier costo y que este problema debe solucionarse por la fuerza, que ninguna negociación con Masjádov es posible, que sólo existe una solución, la derrota total y definitiva (de los chechenos). Por otro lado, quienes alegan que es necesario encontrar una salida pacífica como fuese, aún negociando con Masjádov, son personas mayores, con más conocimiento y experiencia, y en este sentido, más tolerantes e inclinadas a reconocer la independencia de Chechenia si con ello la guerra acaba”.
Así que, cuando los rusos liberales, la crema y nata de la sociedad, escribe y habla de la “guerra chechena”, ya sabemos de su actitud hacia el imperio y sus conquistas. Si no hubiese sido por las sanciones ante la invasión de un país europeo, Ucrania, nos sorprendería encontrar lo que los rusos realmente piensan acerca de la guerra. Como cierto caballero que dejó Rusia hace veinte años me dijo en una conversación privada: “todavía siento lástima por nuestros muchachos. Después de todo, los ucranianos han matado más rusos que rusos a ucranianos en esta guerra”.
Fuente: Julia Jazagaeva (Facebook), 4 de enero del 2025. Traducción al español por Hugo Palomino para The Russian Reader.





